Inestimable
Willow Creek | 5 de octubre de 2021
Todos somos como Gedeón a veces. Basamos nuestras posibilidades en quienes creemos ser: "Mis antecedentes familiares y el lugar donde crecí me permiten llegar hasta cierto punto" o "He cometido tantos errores en el pasado que me sería imposible volver a tener éxito". Pero somos más que nuestra historia, nombre o estatus. Para Dios, nada de eso importa.
En nuestra sociedad, el valor de un objeto proviene de lo que alguien está dispuesto a pagar por él; su valor aumenta según su rareza, condición y popularidad en el mercado. Pero, ¿qué dice la Biblia? En Juan 3:16 , dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…”. Si creciste en un entorno religioso, es posible que hayas hecho un ejercicio en la escuela dominical donde el maestro decía: “Escribe tu nombre aquí: Porque de tal manera amó Dios a _________, que ha dado a su Hijo unigénito…”. ¡Qué gran ejercicio para todos nosotros hoy! Escribe tu nombre ahí y recuerda el valor que Dios ya te ha dado.
Desde la perspectiva del mundo, la mayoría vemos las cosas como Gedeón: venimos de la familia equivocada, no somos los más fuertes, inteligentes ni ricos, pero aceptemos la verdad de que nuestro valor no debería provenir de este mundo, sino de Dios. No somos como el mercado inmobiliario: nuestro valor no fluctúa. Incluso si viviéramos en una camioneta junto al río, nuestro valor no sería mayor que si viviéramos en una mansión en los Hamptons. ¿Y por qué? Porque Dios nos amó tanto que envió a su Hijo Jesús a morir por nuestros pecados para que pudiéramos tener una relación eterna con él.
No importa si vives en un apartamento o en una mansión, si ganas un sueldo de siete o cinco cifras, si eres médico o empleado, o si conduces un Bentley o viajas en autobús, tu valor y tu valía nunca cambiarán. Para Dios, eres invaluable.