Dios ama a nuestros pequeños niños

Willow Creek | 1 de junio de 2021


Este pasado fin de semanaMiguel De La Mora dio un mensaje sobre la crianza de los hijos, usando la parábola de Jesús del hijo pródigo. Nos encanta la historia del hijo pródigo: cómo abandona a su padre, malgasta su herencia, toca fondo y luego regresa con él, solo para encontrar compasión y misericordia. ¡Qué gran parábola de gracia sublime y amor infinito! Sin embargo, por mucho que nos guste la historia, a menudo la evitamos cuando llega el momento de asumir el papel de padre. 

 

Durante su mensaje, Miguel detalló la cronología de los roles de los padres, desde cuidador hasta policía, entrenador y consultor. Sin embargo, muchos padres se ven atrapados en el rol de policía porque es más fácil decir "sí" y "no" que dar un paso atrás y dejar que sus hijos vivan sus vidas por sí solos. ¿Y por qué? Porque a todos nos aterra convertirnos en el padre del hijo pródigo. 

 

¿Quién querría ver a su hijo tomar caminos equivocados, tomar malas decisiones o incluso alejarse de Dios? Amamos a nuestros hijos y queremos lo mejor para ellos, pero no podemos vivir sus vidas por ellos. Miguel nos explicó cómo podemos pasar de ser el policía (decir “sí” y “no”) a convertirnos en el entrenador y asesor (más bien un guía): la rendición.

 

Al rendirnos, padres, no decimos que no amamos a nuestros hijos, sino que confiamos en Dios. Llegará el momento de dar un paso atrás y confiar en lo que hemos hecho como padres y en lo que Dios ha hecho y seguirá haciendo en sus vidas. 

 

En plena temporada de graduaciones (preescolar, primaria, secundaria, preparatoria y universidad), muchos padres nos preguntamos qué pasará con nuestros graduados. ¿Podrán sobrevivir a la universidad por sí solos? ¿Podrán incorporarse al mundo laboral? ¿Tomarán las mismas decisiones que nosotros tomaríamos si estuviéramos en su lugar?

 

Como padres, nuestro alcance es limitado; podemos criarlos lo mejor posible, mostrarles el amor de Dios a través de nosotros, pero al final, la decisión depende de ellos. Tenemos que dejarlos ir y entregarlos a Dios, por difícil que sea. 

 

Aquí hay una verdad sobre nuestro Dios: Él ama a nuestros hijos más que nosotros. Dios quiere que prosperen, triunfen y lo sigan. Tiene planes maravillosos para ellos. Quiere lo mejor para ellos. Y cuando fracasan —lo cual ocurrirá en algún momento— Dios tiene suficiente gracia para ellos porque es el padre del hijo pródigo, que somos todos nosotros. 

 

Seamos padres de niños o adultos, recordemos practicar constantemente la entrega. Hagamos lo mejor que podamos por criar a nuestros hijos, pero también confiemos en que Dios los tiene en la mira. Creamos en las Escrituras cuando dice que Dios conoce el número de cabellos que tienen (Lucas 12:7). Creamos también en la verdad de que Dios ama tanto a nuestros hijos que envió a su único Hijo a morir en su lugar. 

 

Aunque nuestros hijos estén a kilómetros de distancia, en las montañas o en los valles, Dios está con ellos. Los ve. Los conoce. Y los ama.